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Lo que queda del fuego

LO QUE QUEDA DEL FUEGO

Mateo Lanzuela

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Denís Lebón

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La noche del 8 de septiembre, ardió en la isla griega de Lesbos el mayor campo de refugiados de Europa. Lo hizo con 15.000 personas dentro. Se habló poco de ello. Muy poco para la magnitud de la tragedia. Pero aunque pueda resultar extraño, cruel o paradójico, fue solo entonces, cercado por gigantescas columnas de humo, que se hizo por fin visible el campamento de Moria. Hizo falta que ardiera, que desapareciera aquel asentamiento vergonzante, inhumano, masificado, proyectado para 3.000 personas y acorralado desde marzo también por la pandemia, para que nos diésemos cuenta de que en realidad existía. Fue necesario el fuego. Y la ceniza. Porque nadie (o tal vez muy pocos) se habían percatado antes del incendio cotidiano que la propia vida en Moria, su sola existencia, suponía. Nadie se había molestado en tratar de descifrar las señales de humo.

Hoy, dos semanas después, los habitantes de Moria, en su mayoría ciudadanos afganos, sirios e iraquíes, han sido realojados a la fuerza en otro campamento cercano, insuficiente, construido a orillas de ese mar Mediterráneo que todavía separa, confina y contiene. Siguen estando allí como lo estaban antes de que las llamas aparecieran para calcinarlo todo, para arrebatarles su montón de nada, pero ya no los vemos. Otra vez no los vemos. Porque una vez extinguido el incendio vuelven a ser invisibles. Siguen estando allí porque también eso forma parte de las reglas del juego, que no tengan alternativa. Porque les es negada -supongo- a las personas, a algunas personas (las exiliadas, las desterradas, las desplazadas) la posibilidad de desaparecer dos veces.

Apenas un par de días después del incendio en Moria, fueron las calles de Bogotá, en Colombia, las que cedieron a la inercia del fuego. La chispa que encendió la protesta fue el asesinato, la madrugada del 9 de septiembre, de un ciudadano desarmado a manos de la policía. Un abogado de 46 años. Un padre de familia. Una persona. Las protestas ciudadanas, en señal de hartazgo y de repulsa, fueron violentas y duraron varios días. Las llamas de la ira. El impacto que tuvo el fuego en el imaginario colectivo fue, a grandes rasgos, el mismo. Fue necesario que ardiera Bogotá para que lejos de Bogotá se imaginase su malestar, se entendiese su denuncia. Y tuvo que morir un hombre, otro hombre, a manos de un agente uniformado, para que nos diésemos cuenta (otra vez) de que lo grave no es que muera un hombre, lo grave es que su asesino sea un policía.

También ardió en septiembre la Comunidad de Galicia, como ya había ardido antes, en agosto, Andalucía. Ardió con saña y sin control, como cada verano, devorando hectáreas y más hectáreas de montes y de fincas. Hectáreas que no son en realidad hectáreas (eso es apenas una unidad de medida) sino cultivo, vivienda, futuro y comida. Hectáreas de trabajo. Hectáreas de vida. Cuesta entenderlo, pero hace tiempo que en Galicia importa menos el control del fuego que el control de la ceniza.

Hoy todo pinta feo, todo huele mal, a chamusquina. Trump es candidato al Nobel de la Paz y hay dos por uno en mascarillas. Y en desalojos. Y en femicidios. También hay -quiero decir, sigue habiendo- contagios, muertes y confinamientos, estos últimos cada vez más selectivos. Lugares estigmatizados por sus tasas de Covid (Madrid, por ejemplo) y lugares estigmatizados dentro de esos mismos lugares por sus índices de renta (en Madrid, por ejemplo). Guetos grandes y pequeños construidos desde fuera para gestionar mejor una pandemia que pareciera que ya no va con nosotros, para protegerse de una segunda oleada que será un tsumani del que pasado mañana seguramente no nos acordaremos. Y que se llevará consigo definitivamente -así lo desean los que deciden- las pateras y las “distancias de seguridad” entre países. Y ya no habrá fuego, solo ceniza.

De esta -recuerdo que solía decir la gente, en relación a la pandemia, que cumple ya seis meses de vida- íbamos a salir más fuertes y más unidos, pero lo cierto es que salimos menos, más débiles, distantes y distintos. Se ha hablado mucho del Brexit últimamente y se ha señalado mucho, al hacerlo, al Reino Unido, pero el Brexit está también aquí, está en todas partes, el Brexit es todos los días. La fractura cada vez más evidente y las cicatrices más resplandecientes, más bellas y más dignas. Justo ahora que parecíamos un poco menos extraños, casi igual de vulnerables, zarandeados por el virus, aprendimos a maldecir bajo la mascarilla.

Leo, releo y suscribo como casi siempre -mientras escucho que ha llegado el otoño, que siguen confinando Madrid y que los incendios han sido sofocados por la lluvia- los “Poemas Humanos” de César Vallejo, ese escritor peruano y universal que decía tantas cosas con tan poca tinta: “Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir, ya lo decía”. Podrán seguir negando el fuego, pero no las cenizas.

Yo no quiero ser Derek Chauvin​

YO NO QUIERO SER DEREK CHAUVIN

Mateo Lanzuela

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Denís Lebón

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Hoy quisiera hablar largo y tendido sobre la muerte de George Floyd, pero no puedo. No me siento capacitado. Me pregunto cómo podría hablar un hombre blanco y europeo (o mejor dicho, con qué palabras, qué grado de profundidad y qué rigor) sobre el asesinato de un ciudadano afroamericano en una calle de Minneapolis, Estados Unidos. Podría hablar de Derek Chauvin, el agente de policía que lo mató, estrangulándolo con la rodilla a plena luz del día. Eso sería más justo, más honrado. Decir tan solo que yo no quiero ser Derek Chauvin y que puedo no serlo. Que no voy a serlo nunca. Limitarme a decir que no quiero ser Derek Chauvin porque sencillamente no puedo ser George Floyd.

Creo que resulta importante empezar así, establecer como punto de partida esta diferenciación. Lo que quiero ser y lo que puedo ser. Y añadir que es posible apoyar una protesta, secundar una causa o acompañar una lucha sin llegar a apropiarse de ella. Conviene hacer una breve evaluación previa de nuestra posición y nuestros privilegios antes de alzar la voz en nombre de otros que también la tienen. Porque repetir consignas o manosear eslóganes en las redes sociales con la intención de trasladar nuestro apoyo o solidaridad a una causa, de manifestar nuestra repulsa ante una injusticia, no nos convierte necesariamente en personas más justas ni más solidarias. Uno puede gritar muy alto “Todos somos George Floyd”, pero lo cierto es que no todos podemos ser George Floyd.

Yo, al menos, no sé lo que siente una persona negra al ser reducida con violencia por un agente blanco después de cometer, presuntamente, un delito menor, de la misma manera que no sé tampoco -puedo llegar a entenderlo, pero no a vivirlo- el temor que sienten algunas mujeres cuando caminan solas por la calle de vuelta a casa. Porque no soy mujer, porque no soy negro y porque los privilegios que me confieren el hecho de ser un hombre-blanco-europeo impiden que pueda plantearme siquiera ser acosado sexualmente mientras camino o asfixiado hasta la muerte porque el billete de 20 con el que acabo de pagar en la tienda de la esquina pueda parecer falso. A eso me refiero cuando hablo del privilegio, a que cualquiera de las situaciones mencionadas anteriormente suceden a diario, pero a mí no me suceden o no suelen sucederme.

Considero humildemente que la lectura y la reflexión que las personas blancas podemos hacer de lo sucedido en Minnesota puede ser otra. Que debe pasar por poner el foco en Chauvin y no solo en Floyd, es decir, en nosotros como los actores, representantes o herederos que somos -nos guste o no- de una sociedad supremacista y racista en su sentido más estructural. Creo que la muerte de George Floyd debe enfurecernos y movilizarnos -es importante que eso suceda-, pero el comportamiento de Chauvin, su impunidad, el abuso de su posición de privilegio, tiene que avergonzarnos porque, de algún modo, nos apunta como colectivo, nos señala directamente.

El racismo es algo que se enseña, que se hereda y que se aprende. Uno educa y se educa en el racismo y es muy difícil desterrarlo de una sociedad, de un imaginario colectivo, si no se es capaz de analizar de manera profunda e individual el propio comportamiento, el lenguaje que se usa y los prejuicios que se enquistan y se extienden. Alzar la voz, salir a la calle y tomar posición es importante, pero el racismo no se combate con hashtags, sino con educación y respeto.

De lo que sí se puede y se debe hablar en relación a la muerte de George Floyd es de la violencia policial y del racismo institucional del que esta se alimenta. Los datos son elocuentes. Los resultados de un reciente estudio elaborado por la ONG Mapping Police Violence revelan que las personas negras tienen casi tres veces más posibilidades que las blancas de morir como consecuencia de violencia policial en Estados Unidos. En el año 2015, uno de los primeros de los que se tiene informes completos, las fuerzas de seguridad mataron en el país norteamericano a 104 personas negras desarmadas. Casi dos por semana. En 2019, es decir, el año pasado, 1098 personas murieron a manos de agentes de la policía estadounidense. Casi la cuarta parte de ellas, es decir, el 24%, eran negras, a pesar de representar tan solo el 13% de la población total. Solo hubo 27 días sin muertes en las que estuvieran implicados miembros de la policía. El 99% de los agentes involucrados en este tipo de homicidios desde 2013 no fueron acusados de delito alguno.

No correrá, seguramente, la misma suerte Derek Chauvin. Ni tampoco sus otros tres compañeros procesados, presentes también en la escena del crimen, cómplices desde cualquier prisma. El estremecedor asesinato, grabado en directo, compartido y reproducido de manera parcial o íntegra millones de veces desde el pasado 25 de mayo, no podrá quedar impune. Porque se hizo visible. Tan visible que asusta, que duele. En él, un hombre blanco de 44 años, un agente del orden con la única, pública y remunerada misión de proteger a la ciudadanía, aplasta el cuello de otro hombre durante ocho minutos y 46 segundos hasta provocarle la muerte. Un delito de odio. Un crimen racista. Yo no quiero ser Derek Chauvin. Está en mi mano no serlo.

Las horas violentas​

LAS HORAS VIOLENTAS

Mateo Lanzuela

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Denís Lebón

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Las cuarentenas no duran siempre 40 días. Las hay más breves, más largas y más o menos violentas. Lo que no varía en ningún caso es la consigna, saber esperar. Supongo que un confinamiento consiste, a fin de cuentas, en aprender a estar solo, a aceptarse, a convivir con uno mismo en un espacio reducido. Y no hay espacio más reducido que el que uno mismo representa. Diría, entonces, que hay tantas cuarentenas como personas y tantas formas de sobrellevarlas, de resistirlas, como niveles de tolerancia al cambio, la frustración o la soledad.
 
Hay quienes ven -y es lógico- este estado de restricción de movimientos como algo antinatural, excepcional, que debe ser entendido y afrontado sin perder de vista en ningún momento dicha excepcionalidad. Pero yo creo que la vida en confinamiento no es más que la expresión, la prolongación natural y la consecuencia directa de la vida que llevábamos antes de ser confinados.
 
Este mundo suspendido, en muchos sentidos irreconocible, que dibuja por momentos la pandemia, se parece bastante, después de todo, al mundo cotidiano de otros. Todo eso que nos resulta ahora tan raro, es para muchos lo ordinario, lo común o lo más habitual. Al que ya no tenía casa, al que ya no tenía empleo o al que ya no tenía espacio, no le resultan seguramente tan insoportables las medidas del estado de alarma. Tampoco al que siempre estuvo solo, al siempre tuvo miedo o al que vio siempre limitada o restringida, por cualquier motivo, su libertad. Aproximadamente un tercio de la población mundial está confinada estos días en sus casas, acorralada por la enfermedad. Pero una proporción muy similar siempre lo estuvo.
 
El coronavirus -ha quedado demostrado- no golpea a todos por igual. Hay grupos de riesgo determinados por diversos factores (patologías previas, grado de exposición al virus, motivos de edad) y grupos especialmente vulnerables que ya lo eran pero ahora lo son más. La cuarentena deja al descubierto las costuras de la vida, y en estas horas violentas se multiplica también la violencia doméstica, machista, infantil, familiar. Una violencia que ya existía, que estaba ahí, latente, pero que ahora se ha vuelto más peligrosa y más difícil de atajar. La cuarentena es un placebo, pero existe la enfermedad.
 
También existe la muerte. Y si algo está dejando claro este encierro prolongado es que estamos perfectamente preparados para estar solos, para vivir solos, pero no para morir solos. Creo que esa sigue siendo una de las caras más dolorosas de esta crisis. Una arista que afecta además directamente a los que seguimos con vida, porque los muertos, llegado el momento, siempre se marchan solos. Son las despedidas que no se dan las que se enquistan, permanecen y duelen todavía, pasado el tiempo, por la sencilla razón de que nunca tuvieron lugar. Es posible, entonces, que también estemos preparados para morir solos, pero no para no poder decir adiós a tiempo, para no estar cerca esos últimos momentos, para dejar marchar.
 
La vulnerabilidad social, económica, física o emocional se acentúa en tiempos de pandemia, pero ya existía antes y era eso, pura carencia, fragilidad. Desconozco qué cosas cambiarán cuando todo esto termine, pero me imagino que una de ellas será nuestra sensación de inmunidad. Porque aunque muchos de nosotros nunca antes nos habíamos sentido tan vulnerables, ya lo éramos. Por diferentes razones. Creo que eso es, en realidad, todo lo que encierra este encierro. Una de las conclusiones que deberíamos sacar. Y es que cuando estas horas de violencia por fin amainen, quizás nos demos cuenta de que lo verdaderamente violento era vivir como vivíamos.

La vida defendiéndose

LA VIDA DEFENDIÉNDOSE

Mateo Lanzuela

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Denís Lebón

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Entre septiembre de 1973 y marzo de 1990, más de 1.200 personas desaparecieron en Chile de la faz de la tierra. Lo último que se supo de ellas fue que habían sido detenidas. 30 años después, y en el breve lapso de una semana, el número de ciudadanos chilenos detenidos por las fuerzas militares desplegadas por el gobierno represor de Sebastián Piñera (de acuerdo a los números que maneja el Instituto Nacional de Derechos Humanos) asciende ya a más de 3.000. Cuesta decirlo, verbalizarlo, mecanografiarlo incluso. Mucho más entenderlo.

Se diría que todo tiene estos días en Chile cierto aroma a tiempos pasados, a historia ya vivida, a pesadilla putrefacta y añeja. Porque no son solo los detenidos –demasiados, desde cualquier prisma, en el contexto de una protesta ciudadana-; son también los torturados –que los hay, los sigue habiendo-; los heridos por arma de fuego (casi 300); y los muertos a manos de unas fuerzas armadas concebidas, por cierto, para protegerlos. Una realidad tremenda, un escenario miserable, injusto y cruento.

La principal diferencia, sin embargo, entre aquellos años negros y estos de hoy, de esperanzada resistencia, es que ahora les costará mucho más silenciarlos, acallarlos. Hoy no será tan fácil ignorar sus demandas. Hoy no podrán hacerlos desaparecer, como lo hicieron entonces, con aquella impunidad flagrante y vergonzosa; no podrán meterlos debajo de la alfombra, ignorarlos, humillarlos, someterlos, ni arrojar sus cuerpos en medio del océano. Hoy todo eso no bastará, no funcionará. Hoy no podrán mirar hacia otro lado. No frente a tantos ojos abiertos.

Escribo estas líneas desde la distancia, con rabia y con resignación, pero también con un orgullo grande, inmenso. Y con palabras; las pocas armas que nos siguen quedando a los que nunca creímos en las armas, pero sí en el lenguaje rudimentario del fuego. Con rabia, digo, y con indignación, porque lo que está sucediendo en Chile ahora, ayer y también mañana –les aseguro que mañana también-, me genera impotencia y me rompe el alma, pero no me sorprende. No me sorprende en absoluto porque yo tuve la suerte de vivir durante algunos años en ese país que lleva más de tres decenios vendido, pero que no se vende.

Un país esquilmado por las multinacionales de turno, regalado a las élites nacionales y a los empresarios extranjeros, y exprimido por un sistema socioeconómico al que se le ven al fin todas las costuras de lo que siempre fue: un experimento. Un placebo neoliberalista, una máquina barata de hacer dinero. Un país que creció –y que por más ficticio que sea sigue creciendo- en cifras macro, pero que lleva años, décadas, obviando a las personas y sepultando sus derechos.

Por eso no me sorprende ni una sola de las quejas que por estos días se escuchan en las calles de Chile. Porque ya existían antes, porque siempre existieron. También existían antes (y tampoco llegaron a marcharse del todo) esas fuerzas armadas que durante la dictadura de Pinochet mataron, torturaron, callaron y consintieron. Mudaron ahora algunas de sus siglas pero no su postura ni sus procedimientos. Siguen acatando órdenes, siguen obedeciendo. Los mismos perros con un collar diferente.

Y en el medio, es decir, comprimidos entre un gobierno ineficaz, peligrosísimo, incompetente, y su brazo armado de siempre (llámense milicos o carabineros) siguen estando ellos; los estudiantes, los hombres, las mujeres, los niños, las niñas, las viejas y los viejos. Las únicas víctimas de un sistema deshumanizado que solo entiende de valores, rendimientos e índices de riesgo. Y estas personas; los hastiados, los irreductibles, los chilenos, son tildados ahora de culpables, alborotadores y violentos. Culpables de negarse a pagar ni un solo peso más por un sistema público de locomoción que sigue aislando y dividiendo, dejando sin comunicación a los habitantes de las comunas periféricas, es decir, inventando guetos. Alborotadores, supongo, por hacer sonar sus cacerolas con cucharas de madera en la era de las armas de fuego; y violentos, quizás, por demandar un sistema de salud medianamente justo (o cuanto menos no tan asimétrico); un acceso más o menos universal a la educación (la más cara y elitista de toda Sudamérica) y unas pensiones dignas, humanas al menos. Negar tales demandas (o seguir ignorándolas) sí que es violento.

Hoy –todos estos días y también antes, pero especialmente hoy- me duele Chile, pero sobre todo me conmueve. Porque esa capacidad de resistencia, de lucha, ese carácter indómito de su gente, esa fortaleza mapuche, aimara, diaguita, siempre conmueve. “La luna siempre es muy linda”, se habría atrevido a sentenciar hoy, seguramente y a pesar de todo, Víctor Jara. Esa luna que sigue desafiando el toque de queda.

Tras una estremecedora semana plagada de abusos policiales y coronada ayer con una histórica y masiva concentración de más de un millón de personas en las calles de Santiago, las palabras de Sebastián Piñera calificando lo sucedido como una guerra, no pueden resultar más ridículas, más inútiles ni más enfermas. Ninguna guerra la hace el pueblo contra el pueblo. La guerra versa de la muerte y aquí de lo que se habla es de vivir. Esto es la vida misma defendiéndose.

Después de los aplausos

DESPUÉS DE LOS APLAUSOS

Mateo Lanzuela

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Denís Lebón

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La rutina era siempre la misma. Salían al balcón o a la terraza, se asomaban a la ventana y aplaudían. La ceremonia empezaba a las ocho en punto y terminaba dos minutos más tarde, a las ocho y dos en punto. Al principio, los primeros días, era un poco más larga. Cuando los aplausos se apagaban, seguía sonando la música, que en mi barrio provenía de un piso situado un par de calles más abajo. Siempre la misma canción. Todos los días la misma música. Después nunca pasaba nada.
 
Había personas que se pasaban el día entero esperando ese momento. Aguardando las ocho en punto. Yo me preguntaba por qué lo hacían. Y también cómo se sentían después, a las ocho y dos en punto, cuando arrancaba de nuevo la cuenta atrás, esas 23 horas y pico sin aplausos. Porque después de los aplausos no había nada.
 
Tampoco había nada -me di cuenta más tarde- antes de los aplausos. Había lo de siempre. Las noticias hablando del virus (aquí y allá, pero sobre todo aquí o aquí primero), la curva de contagio siempre creciendo y el fastidioso recuento de muertes. Aplaudir, sin embargo, era distinto. Aplaudir tenía algo de lúdico. También de lucha, de causa verdadera. Porque aunque estaban en casa obligados, nadie les había obligado a aplaudir. Y pese a todo seguían haciéndolo.
 
Detrás de lo aplausos sí que había cosas. Había gratitud, reconocimiento. Gratitud hacia los trabajadores de los servicios esenciales, que seguían trabajando (algunos de forma voluntaria, otros obligados, y otros muchos, la mayoría, sencillamente para seguir comiendo). Y reconocimiento, principalmente (o al menos de manera inicial) a los profesionales de la sanidad, que nunca habían demandado aplausos, sino respeto.
 
Con el transcurso de las semanas, la pandemia se fue recrudeciendo. Pero los aplausos continuaron, haciéndose extensibles a otros grupos de trabajadores, e incluso a los no trabajadores porque -decían- estos también seguían resistiendo. Llegó un momento en que los vecinos ya no aplaudían solo al personal sanitario, a las fuerzas del orden, a los reponedores, a los militares o a las trabajadoras domésticas, sino también a los otros vecinos. A sí mismos. Era casi difícil, durante aquellos días, no ser aplaudido por alguien en algún momento.
 
La gente aplaudía y se aplaudía. Aplaudía a los que trabajaban en primera línea desde la primera línea de su terraza o su balcón (era importante que se les viera), al tiempo que empezaban a elaborar sus propios recuentos. Su inventario personal de vecinos que aplaudían, que no aplaudían o que habían dejado de aplaudir cuando un día aplaudieron. Tras el recuento llegaron los informes, las denuncias vecinales, los insultos, las reprimendas. No se podía tolerar que alguien se saltase las normas. Aquellos días ásperos, difíciles, la gente señalaba y aplaudía todo el tiempo. Aplaudía de puro aburrimiento. Aplaudía aunque estaba triste y aplaudía aunque tenía miedo.
 
Creo que fueron transcurridas cinco o seis semanas, con la famosa curva comenzando por fin a aplanarse, cuando me di cuenta de que el hecho de aplaudir había empezado a adquirir un aire de exhibicionismo, a convertirse en una especie de ostentación pública de solidaridad. Ya no era solo una rutina empática. Era otra cosa. La música procedente del piso situado un par de calles más abajo, en mi barrio, ya no era la misma de siempre. Incorporaba otras melodías. La duración de la liturgia de los aplausos era desigual e incluso su difusión y su alcance parecían haberse resentido. Ahora la gente bailaba de puro aburrimiento. Cantaba aunque seguía triste. Desarrollaba complejas coreografías, aunque tenía miedo. Se había trivializado la cuarentena. Se había banalizado, de algún modo, la gravedad de la pandemia. Esta debe ser -me repetía entonces- la forma que tienen los humanos de combatir el sufrimiento.
 
Fue justo después de esos días cuando comenzó la desescalada. “La transición hacia la nueva normalidad”. La gente, mucha gente, cambió las palmas por las cacerolas para protestar contra el gobierno -o contra el confinamiento, o contra la otra gente, no lo tengo claro- y fue poco a poco dejando de aplaudir. Se sentían engañados, estafados. El recuento de muertos, además, comenzaba a ir a la baja -aunque el saldo seguía siendo tremendo- y cada vez hacía más calor en la calle. Llegó la fase cero. Y con ella las medidas de relajación después de tanto esfuerzo. Dos minutos al día aplaudiendo, después de todo, merecían una recompensa, algún tipo de premio.
 
En mi barrio hace días que los vecinos no aplauden. O que aplauden menos. Ahora a las ocho en punto pueden salir a pasear. También, claro, a las ocho y dos en punto. Y a las nueve tienen cacerolada contra el gobierno. Algunos balcones y terrazas siguen engalanados con banderas, esas que antes de la pandemia solían usarse solo en ciertos mítines políticos o para señalar alguna fiesta. Banderas que tampoco dicen nada, que separan más de lo que unen, con crespones negros bordados para la ocasión con el fin de remarcar la tragedia. Pero la nueva normalidad, como la vieja, no entiende de tragedias.
 
Ayer, a las ocho en punto, me asomé por curiosidad a la ventana. En el edificio de enfrente descubrí a un vecino que se disponía a aplaudir. Lo adiviné en su expresión, en su gesto. Pero no lo hizo. Escrutó durante algunos segundos las otras ventanas, como tratando de hallar un aliado, alguien en quien reconocerse, pero no lo encontró y volvió a meterse en casa. No hubo aplausos en mi barrio. Y después tampoco pasó nada. Porque después de los aplausos no hay nada, solo un vacío que se llena de vacío y un silencio espeso que se espesa. La nueva normalidad debe ser eso, actuar como si no existiera el virus y dejar de aplaudir los dos minutos que aplaudíamos cuando teníamos miedo.